A las 16 semanas me hicieron un ultrasonido en el que nos mencionaron que una de las mellizas no estaba creciendo al mismo ritmo que su hermana. Para ser honesta, no le presté mucha atención a eso, solo pensé que todo estaría bien y ya. Tal vez porque en ese entonces mi relación con Dios era diferente, era una relación en la que yo creía que siempre y cuando yo orara y le pidiera algo con mucha fuerza, El me lo iba a conceder, sin considerar su voluntad. Como si Él fuera el genio de la botella.
A las dos semanas tuvimos que regresar para que me realizaran otro ultrasonido, tenía 18 semanas de gestación. Y fue allí cuando nos dijeron que el corazón de una de nuestras niñas (allí nos enteramos de que eran ambas niñas) no latía. Ese día fue una montaña rusa de emociones porque, mientras celebrábamos una vida, también nos despedíamos de otra. El dolor era insoportable y, entre tantas preguntas en mi mente, la más predominante era “¿por qué?”. Antes de ese día me sentía tan cerca de Dios, y en el momento en que supimos que habíamos perdido a una de nuestras mellizas, sentí que esa relación se había quebrantado. Me sentía distante y confundida por toda la situación. Tuve la bendición de tener a mi esposo a mi lado ese día, porque su fortaleza me enseñó que la presencia de Dios estaba allí, a través de él. Sentí el consuelo de Dios en el abrazo de mi esposo, en las palabras de simpatía del personal del hospital. Aún recibía el amor y la misericordia de Dios, incluso cuando en ese momento no los quería. Me sentí traicionada, de alguna manera.
Ese día salí del Hospital sintiéndome medio vacía, rota por dentro, pero aún con la expectativa de conocer a nuestra otra hija. Y como ese mismo día supimos que las gemelas eran ambas niñas, decidimos nombrar a nuestra pequeña que partió, María Paz — “Yo te he llamado por tu nombre; tú eres mía” (Isaías 43:1).
Los meses después de la pérdida fueron tan lentos, pero debido a que eran mellizas, debía llevar en mi vientre a mis dos niñas hasta el día del parto. Eso me hacía sentir que María Paz aún estaba con nosotros, de alguna manera. Mientras esperábamos el nacimiento de la hermanita de María Paz (Daniella María), oraba con mi familia, en medio de lágrimas, en medio del dolor e incluso cuando no tenía ganas. Sabíamos que por la gracia del Señor nuestras heridas iban a ser sanadas. Solo necesitábamos confiar en Él.